La canción de Ray Heredia que regala su título al primer largo de Sara Gutiérrez Galve dice: "Yo la busco y no la encuentro, la alegría de vivir". Pues bien, no es casualidad que la cineasta barcelonesa recurra a este clásico del nuevo flamenco de los 90 para encabezar su ópera prima. Estamos ante una película híbrida y mestiza, a la vez que un inteligente cóctel de géneros y una fábula naturalista sobre los espejismos de la vida urbana. Todo gira en torno a un personaje, Max, que comparte piso con Emma y que vive en una nube de despreocupada felicidad que se diluye cuando ella le comunica una noticia inesperada. A partir de aquí, Max se verá enfrentado a una noche extraña y alucinada, a medio camino entre la realidad y el sueño –a veces girando hacia la pesadilla–, que le lleva a la búsqueda de sí mismo por una Barcelona iniciática y espectral.
La directora nunca fuerza las situaciones, ni tampoco enseña las costuras de este viaje estructurado en varios registros, de la comedia a la crónica social. Lo que comienza como un retrato generacional, impresionista y vivo, se transforma poco a poco en la narración de una deriva existencial, y termina pintando el paisaje de una ciudad que cambia según los estados de ánimo del protagonista. Y el resultado es un elogio del fragmento que quizás a ratos pueda parecer demasiado previsible, pero que también sabe evitar con elegancia los tópicos y clichés en los que habría podido caer.