En su estreno mundial en la reciente Muestra de Venecia, 'Madre!' fue recibida con sonoros silbidos por una parte de la prensa. ¿Quizás les sorprendió que Darren Aronofsky se haya dedicado a lanzar impactos frontales al espectador? Bueno, así se ganó la reputación con 'Réquiem por un sueño'. ¿O les indignó su concepción histriónica del terror psicológico, la misma que levantaba el vuelo de 'Cisne negro'? Puede que les echaran para atrás las ambiciones trascendentes del director, como ya sucedió con 'La fuente de la vida', y su interés en inyectar asteroides en los mitos bíblicos, que ya experimentamos en 'Noé'.
En resumen: cualquier persona familiarizada con el autor de 'El luchador' no debería quedar particularmente desconcertada por su última propuesta. Y, aún así, comprendemos el silbido (y también las posibles ovaciones), porque 'Madre!' es una película que no coge prisioneros, y que exige una respuesta física en caliente y desmedida. Escrita en cinco días, 'Madre!' no se molesta en disimular su carácter rabioso y antipático, y tampoco pretende vestir dramáticamente la agresiva simbología religiosa, política y ecologista de que hace gala. Y, sobresaliendo del exceso, el rostro de Jennifer Lawrence, centro y eje de la puesta en escena de una fábula que empieza violentando pequeños detalles de cortesía cotidiana y que termina en un infierno grotesco, levantando una pregunta aterrada, la misma que muchos tenemos cada vez que abrimos el periódico: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?