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La etimología nos dice que 'monstruo' viene del verbo latino 'monere', que significa 'advertir'. El anfibio de 'La forma del agua' es, pues, un aviso: la xenofobia, el miedo anticomunista y la homofobia podían pertenecer tanto a la América de principios de los años 60 como pertenecen a la de Donald Trump. No es la primera vez que Guillermo del Toro –recordemos 'El laberinto del fauno', que sigue siendo su mejor película– aborda el género fantástico haciendo relevante su contexto político, pero es en este feliz cruce de 'Amélie' y 'La mujer y el monstruo', que modela una historia de amor clásica –la lista de referentes provenientes del cine de Hollywood y de la serie B es interminable– según los patrones, a la vez románticos y grotescos, del cine de del Toro, donde se acumulan en forma de un auténtico catálogo sobre la intolerancia. La innegable elegancia formal de la película, empantanada en tonos acuáticos y rimas líquidas, hipnotiza al espectador para sumergirlo en un cuento de hadas que sale victorioso de retos potencialmente ridículos –la escena de sexo entre la protagonista (una Sally Hawkins que podría ser la reencarnación de Lillian Gish) y el monstruo anfibio– gracias a la convicción con la que del Toro dirige su poética reivindicación de la diferencia. Sin embargo, da la impresión de que esta reivindicación encendida quiera adaptarse, mercurialmente, a todo tipo de público, lo que niega, en parte, su singularidad.