Se me hace difícil sentir un mínimo de empatía hacia una película que reduce la feminidad a tres arquetipos: la psicótica alcohólica fracasada, la joven viuda disoluta y traumatizada y la madre entregada a la familia. Todo ello para darnos una supuesta lección de misoginia que sirve para revelar la debilidad de todos los personajes.
La adaptación del best seller de la temporada pasada, 'La chica del tren', se articula a través de la perspectiva de cada una de estas tres mujeres, demostrando un irritante desprecio hacia sus vidas. Saca a la luz las miserias de los personajes de una manera exhibicionista, con un punto de vista turbio y denigrante que termina definiendo como una especie de existencia residual ante la superioridad masculina.
Por si este juicio moral incansable fuera poco, desde el punto de vista cinematográfico el director Tate Taylor –responsable de películas mucho más afortunadas como 'Criadas y señoras'– parece incapaz de orquestar los elementos que le da la historia al servicio de un thriller psicológico con un poco de entidad. Utiliza continuamente unos saltos temporales que se hacen muy pesados y que no aportan absolutamente nada a la estructura narrativa.
El guión está encorsetado dentro de un efectismo gratuito, lleno de trampas sin justificación, que acaban anulando la tensión del relato original. No consigue generar misterio, y no hay un solo plano que no resulte rutinario y perezoso. El resultado es un filme antipático sobre la perversión del sueño americano, tan hostil como retrógrado.