Este primer largo de Ivan Calbérac basado en su propia pieza teatral explota el choque supuestamente humorístico entre dos contrarios, aquí un jubilado gruñón y la estudiante universitaria que le alquila una habitación.
El filme discurre por los caminos previsibles de las comedias que nos quieren servir, de propina, un sermón emocional. El anciano amargado pero con buen fondo y la joven desorientada acabarán, quien lo iba a decir, ayudándose uno al otro a ser mejores en la vida.
Calbérac no profundiza en sus personajes más allá del estereotipo (bordeando la caricatura en casos como el de la nuera católica) y lo empapa todo de buenas intenciones. Por eso se hace tan incómodo el lío central de la película, cuando el viejo obliga a la chica a seducir a su hijo, como si este tipo de explotación sexual fuera lo más inocente del mundo.
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El Sr. Henri comparte piso
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