Quizás Woody Allen no tenía razón cuando decía que la comedia era la suma de tragedia más tiempo. Cuando, en A ghost story', Casey Affleck resucita vestido con la típico sábana de fantasma de Halloween, con dos agujeros como ojos abisales, es la dilatada duración del plano la que convierte una parodia en potencia en una preciosa elegía melancólica. Es, pues, el tiempo lo que revela la tragedia de un espectro que necesita cerrar el capítulo de su muerte para desaparecer para siempre.
Así pues, 'A ghost story' nos habla de las cárceles que nos esperan después del último suspiro: la prisión de la eternidad, de un tiempo que se acelera y se congela doblándose en el péndulo reversible de la Historia, y la cárcel del espacio donde hemos sido felices, aquella casa que sólo podremos abandonar cuando hayamos entendido que la felicidad es patrimonio de los vivos.
Sin prácticamente diálogos, con un tono deliberadamente contemplativo pero nunca autoindulgente, David Lowery ha filmado una película insólita sobre el duelo y la soledad, trabajando con temporalidades que a menudo asociamos al cine de autor de línea dura –imposible no pensar en Béla Tarr, Apichatpong Weerasethakul o Tsai Ming-Liang cuando vemos a Rooney Mara, la viuda de Affleck, comiéndose un pastel entero en tiempo real– para transportarnos a un estado anímico que oscila entre la levitación y la conmoción, obligados como estamos a compartir la desubicación temporal y espacial de un fantasma que podría ser la proyección de nuestro futuro. Al hacer visible lo invisible, Lowery consigue que nos convirtamos, al menos durante una hora y media, en aquel fantasma que nunca sabremos que somos.